domingo, 6 de marzo de 2016

¡Dios Salva! Creciendo en Cristo a través de su oficio sacerdotal: Una exposición de Hebreos 1:3

Introducción

La semana pasada, al presentar una visión panorámica de la Epístola a los Hebreos, propuse que el libro trata fundamentalmente con el discipulado. La Epístola se trata del crecimiento en Cristo y en el retrato superior y mejor de Cristo que viene como resultado del crecimiento. Nosotros, como Lucy en la novela El Príncipe Caspian, vemos a Cristo más grande, lo vemos mejor, no porque El ha crecido sino porque nosotros hemos crecido.

El propósito del mensaje de la semana pasada era de demostrar que el oficio profético de nuestro Señor Jesucristo es una de las fuerzas motoras de nuestro crecimiento. Dios nos habla en el Hijo, en Cristo. El habla de Dios es progresivo – siempre moviendo en la dirección de promesa a cumplimiento. El habla de Dios es personal – se dirige a nosotros como individuos dentro del vínculo de su pacto de amistad e intimidad con nosotros. Y finalmente, el habla de Dios es profético – proviene de la Palabra inspirada en las Escrituras y a través de la exposición fiel de esa Escritura en la predicación de los maestros que Dios ha dado a su iglesia.

En este mensaje, me enfocaré en una segunda fuerza motora de nuestro crecimiento como discípulos del Señor Jesucristo. Esta segunda fuerza es su oficio sacerdotal. En su oficio profético, Cristo nos comunica la Palabra de Dios de forma directa y clara. En su oficio sacerdotal, Cristo interviene a nuestro favor para reconciliarnos con Dios. Pero ¿cómo es que la intervención sacerdotal de Cristo puede ser una fuerza motora para el crecimiento?

Donald Grey Barnhouse cuenta la historia de un hombre que iba caminando en una noche oscura. Pasa un taxi en dirección contraria a la acera en que camina. La llanta delantera del taxi estalla con un charco enlodado salpicando el lodo encima del inocente caminante. “Me ha mojado ese taxi,” dice el hombre. A unos cincuenta metros de la luz, examina su pantalón y dice: “No creo que sea tan malo” y prosigue en su camino. Al acercarse más a la luz dice: “Es peor de lo que había pensado.” Ya debajo de la luz, dice: “voy a tener que regresar a la casa a cambiarme de pantalón.”

Entre más te acerques al Señor, dice Barnhouse, más verás el pecado que está en tu vida. Entre más cerca estemos de Dios, más nos veremos a nosotros mismos por lo que somos.

La conclusión de Barnhouse nos recuerda de lo que dijo Juan Calvino en su comentario al Salmo 32:1:

Entre más progresa uno en la santidad, más lejos se siente de la justicia perfecta y más claramente percibe que no puede confiar en nada que no sea la misericordia de Dios. Por eso, parece que se equivocan aquellos que ven el perdón del pecado como imprescindible solamente para iniciar en la justicia.

El oficio sacerdotal de Cristo, entonces, nos mueve hacia al crecimiento en el reconocimiento de nuestro pecado, en el entendimiento de nuestro pecado, y en el arrepentimiento del pecado. En la medida que vemos a Cristo como más grande y mejor, en la medida que se nos aparece en su oficio sacerdotal ofreciéndonos una intercesión mejor, en esa misma medida llegamos a comprender mejor la gravedad de nuestro pecado y nuestra necesidad de “una salvación tan grande” (Hebreos 2:3).

Hebreos 1:3

El texto en que nos enfocaremos esta tarde se encuentra en Hebreos 1:3. “El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” Me concentraré en la última porción del texto indicado aquí en negrilla. Me enfocaré en cuatro frases claves en esta porción del texto – primero, trataré la palabra “pecados”, luego analizaré el verbo “habiendo efectuado.” Echaré un vistazo a la palabra “purificación,” y por último consideraré la frase “se sentó.”

Pecado
La predicación sobre el pecado es poco común, aún detestado, en el cristianismo actual. Robert Schuller, pastor de la famosa Catedral de Cristal en el sur de California, en un célebre comentario dijo que la gente es difamada, agotada, pisoteada y maltratada durante toda la semana. Pregunta retóricamente: “¿Queremos hacerle lo mismo los domingos por la mañana?” Predica el amor de Dios hacia al pecador y no la ira de Dios por el pecado. Esto es lo que nos dice la corriente del cristianismo en la posmodernidad.

Pero esta corriente no es una que surgió únicamente en la homilética evangélica de fines del siglo XX. De hecho, la tendencia de cubrir la realidad del pecado por el amor de Dios ha sido un tema predominante en toda la teología moderna. Cuando se le preguntó al eminente teólogo alemán Karl Barth cuál era la pericia teológica más profunda que había conocido en sus estudios, replicó con la sencilla frase: “Jesús me ama, me ama a mí, pues la Biblia dice así.” John Piper ha notado un cismo definitivo entre la teología del siglo XVII donde el tema predominante parece ser el pecado y la teología del siglo XX en que el tema predominante parece ser el amor. Piense, por ejemplo, en los famosos sermones de los Puritanos: Pecadores en manos de un Dios airado por Jonatán Edwards o Directrices para odiar el pecado por Richard Baxter. En el siglo XXI, tales títulos de sermones rechinan en los oídos de los cristianos contemporáneos. Cornelius Plantiga en su libro El Pecado: Las cosas no son como deberían ser dice:

Hoy en día, la acusación has pecado se suele decir con una sonrisa y con un tono que señala la burla. En una época, dicha acusación aun tenía la capacidad de provocar el temor. Creciendo en la década de 1950 en el oeste de Michigan en un clima calvinista, creo que escuché un número igual de sermones sobre el tema del pecado que escuché sobre el tema de la gracia. La idea en esa época parecía ser que no se podía entender ni el pecado ni la gracia sin un entendimiento pleno de ambos.

Y, por eso, no tenemos que evitar la predicación sobre el pecado. Pues como dijo el Apóstol Pablo en Romanos 5:20: “mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia.”

Pero ¿qué es el pecado? Los maniqueos, una secta religiosa fundada por el profeta iraní Mani en el siglo III, creían que el pecado era el resultado de una existente fuerza eterna que sostiene el universo en tensión con otra fuerza eterna de bondad. San Agustín se opuso con vehemencia a la herejía maniquea argumentando que la maldad proviene, no de una fuerza externa, sino del mismo libre albedrío del hombre. Leibniz pensó que el pecado no era otra cosa que la privación del mal y Spinoza decía que el pecado es una ilusión, la ausencia de la conciencia de Dios. Los maniqueos, Leibniz y Spinoza todos erraron en su descripción del pecado.

La descripción bíblica del pecado es completamente diferente. La palabra en nuestro texto es la palabra hamartía – que literalmente quiere decir “no alcanzar la meta.” El significado literal de la palabra presupone que el pecado siempre se relaciona con Dios y con su voluntad. El Catecismo Menor de Westminster pregunta: ¿Qué es el pecado? La respuesta: El pecado es la falta de conformidad con la ley de Dios o la transgresión de ella. Y es por eso que el Apóstol Pablo afirma en Romanos 3:23 que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.”

El problema fundamental de la humanidad es el pecado. Los sociólogos nos dicen que el problema se puede resolver con mejor educación, mejoras en la atención sanitaria y un sistema de apoyo social más eficaz. Los políticos nos dicen que el problema se puede resolver al derribar una economía injusta o que se puede resolver sacando a todos los políticos tontos de Washington. Pero estas no son soluciones. Son, más bien, excusas que sirven para ocultar el verdadero problema. De hecho, el intento de identificar los pecados de los demás y de situar el pecado fuera de nosotros mismos me parece inútil. En Salmo 51:4, David se arrepiente de sus múltiples pecados. La codicia de la esposa de otro hombre. El adulterio con Betsabé. Y el homicidio de Urías. Pero ¿qué es lo que dice? ¿He ofendido a mi prómijo? ¿He avergonzado a mi familia? ¿He decepcionado al pueblo? No. Dice: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.” Es únicamente cuando vemos el pecado como una ofensa a Dios que en realidad lo comprendemos y podemos realmente arrepentirnos de él. Pero ¿cómo logramos ver el pecado de esta manera?

Habiendo efectuado
En nuestro texto leemos “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo.” El verbo en el texto griego es poiesamenos – verbo en la voz media que conlleva el significado “habiendo efectuado por medio de sí mismo.” Cristo efectuó la purificación de nuestros pecados por sí mismo. El fue tanto el agente como el medio de la purificación. Hizo algo para purificar nuestros pecados. Murió en el maldito madero del Calvario. Pero también fue y es algo para la efectuación de la purificación.

Entonces, ¿cómo es que logramos ver nuestra falla en lograr la meta de la voluntad de Dios? Lo logramos mirando a Cristo. Cristo fue perfecto. No tuvo pecado alguno. Alcanzó perfectamente la meta de la ley y la voluntad de Dios. Dice 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”

Es Cristo y su perfección absoluta que nos permite ver nuestro pecado como una ofensa a Cristo. Y por eso cantamos con los himnólogos contemporáneos de Sovereign Grace: “Muestra a Cristo, muestra a Cristo. Revela, oh Dios, tu gloria a través de tu verdad hasta que todos confiesen que Cristo es el Señor.”

Purificación

Pero la intervención que Cristo hizo a nuestro favor no fue hecho únicamente por vivir una vida perfecta. Se realizó no sólo por lo que fue y es sino también por lo que hizo. La palabra “purificación” nos señala el rito veterotestamentario y nos prepara para una discusión prolongada sobre el significado de los sacrificios de animales en los capítulos 7 a 10 de la Epístola. En Hebreos 10:14, el autor explica de que se trataba la purificación: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”

La purificación, por lo tanto, es un mecanismo por medio del cual Dios nos reconcilia a sí mismo. En 2 Cortintios 5:19 vemos una clara asociación entre la purificación la reconciliación entre Dios y su pueblo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.”

Herman Hoeksema argumenta que la reconciliación es una idea del pacto. Presupone una relación entre aquellos que han de ser reconciliados. Hermanos, esposos y amigos pueden ser reconciliados. Extranjeros y desconocidos no pueden reconciliados. Apenas pueden ser presentados. Esto quiere decir que la obra sacerdotal de Cristo de purificar los pecados y reconciliar el hombre con Dios toma lugar dentro del marco del pacto de amistad e intimidad entre Dios y su pueblo. Hoeksema define la noción de reconciliación con precisión. Dice: “La reconciliación, pues, es el acto por medio del cual Dios cambia el estado del pecador de uno de culpabilidad en que es el objeto apropiado de la ira de Dios a un estado de justicia en que es el objeto del amor y favor de Dios.”

Y esto lo hizo para ti y para mí. Algunos ven las doctrinas de la elección y la expiación definida como ideas exclusivistas antiguas que servían para excluir al mundo de la gracia y el favor de Dios y para guardar las bendiciones de Dios dentro de un grupo selecto. Ese no es el caso. Dios es quien elige y lo hace de toda tribu y toda lengua. Apocalipsis 7:9-10 dice: “Depues de esto miré y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero.” Así que ¡no! La elección y la expiación limitado no se tratan del exclusivismo ni del excepcionalismo. No son el equivalente teológico a la de “construir un muro fronterizo y hacer que el incrédulo lo pague.” No. Las doctrinas de la elección y la expiación limitada son doctrinas para ti y para mí. Son doctrinas que nos ayudan a comprender la amistad e intimidad en que Dios nos ha tenido desde antes de la fundación del mundo. En Salmo 22:9-10 leemos: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.” Este es el propósito de la obra sacerdotal de Cristo – de restaurar el pacto de amistad que Dios ha establecido con nosotros desde que estuviéramos en la vientre de nuestra madre.

Se sentó

Finalmente, me gustaría invitarle a considerar la frase “se sentó.” En el Antiguo Testamento, el sacerdote nunca se sentaba. En las descripciones detalladas que tenemos del Tabernáculo y del Templo, no encontramos en ningún lugar mención de una silla. Es porque no había sillas en el templo. El sacerdote no se sentaba porque su trabajo era inacabable. Nunca terminaba. Pero la obra sacerdotal de Cristo sí fue completada. Y como se había cumplido, se sentó. Considere las palabras del autor de Hebreos en 10:11-13: “Y ciertamente todo sacerdote está de pie, día tras día, ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero El, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios, esperando de ahí en adelante hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (LBLA).

¡Cristo se sentó! ¡Su labor sacerdotal se cumplió! ¡La salvación se ha cumplido! No hay nada más que tiene que hacer como nuestro sumo sacerdote.

Pero ¿qué de nosotros? ¿Hay aun algo que nosotros tenemos que hacer? Este es el problema fundamental de la doctrina conocida como “una vez salvo siempre salvo.” Dicha doctrina sugiere que de la misma forma que Cristo se sentó, nosotros también nos podemos sentar. Una vez que oramos la oración del creyente, podemos sentarnos. Pero si vemos un poco más adelante en Hebreos 10, veremos que aun queda mucho por hacer para nosotros. No hemos sido llamados a sentarnos. Versículo 21: “y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios” Versículo 22: acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”; versículo 23: “mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza”; versículo 24: “y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”

El oficio sacerdotal de Cristo es una fuerza motora para nuestro crecimiento y a través de este oficio lo vemos más grande, mejor, superior y supremo.

Conclusión


Retomando la anécdota de Barnhouse, mientras que nos acerquemos más y más a la luz, vemos más claramente la mancha que el pecado ha dejado en nuestros corazones. Pero tenemos un gran sumo sacerdote que de sí mismo efectuó purificación de nuestros pecados y se sentó a la diestra de la Majestad en lo alto. Su obra ha sido completada, pero la nuestra continua. Mientras seguimos acercándonos, mientras nos mantengamos firmes y mientras nos consideremos los unos a los otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, llegamos a ver a nuestro sumo sacerdote y su obra de purificación con mayor claridad, con mayor sobriedad y con mayor magnificencia. A él sea la gloria por los siglos de los siglos.

domingo, 28 de febrero de 2016

¡Dios Habla! Creciendo en Cristo a través de su oficio profético: Una Exposición de Hebreos 1:1-2

Introducción

En su novela El Príncipe Caspian, el gran autor y novelista cristiano C.S. Lewis, describe el reencuentro de la protagonista Lucy y su amado león Aslan. En ese momento dichoso, Lucy se acerca a Aslan para abrazarlo, lentamente cae entre sus zarpas y su melena. Aslan le dice con cariño: “Bienvenidos niña.” Lucy exclama: “Aslan, ¡has crecido!” Aslan responde: “Es porque tú has crecido pequeña.” Confudida pregunta Lucy: “Pero, ¿no eres más grande?” Aslan responde: “No, no he crecido, pero cada año que creces me encontrarás más grande.”

En esta escena de su maravillosa novela, Lewis nos presenta un retrato del discipulado. Jesús llama a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle. Y mientras le seguimos, crecemos. En Efesios 4:15 leemos: “sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabezo, esto es, Cristo.” Y en 2 Pedro 3:18 leemos: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” No cabe duda que el discipulado consiste en crecimiento. Y como Lucy, cada año que crecemos en Cristo, lo encontraremos más grande, más majestuoso, más magnificente, superior y mejor.

La Epístola a los Hebreos

La Epístola a los Hebreos se ha caracterizado de muchas maneras. El pastor Albert Mohler ha dicho que el libro de Hebreos es un manual acerca de cómo leer el Antiguo Testamento y tiene razón. Muchos concuerdan con Mohler en su reconocimiento del significado teológico profundo encerrado en Hebreos y en su lugar clave en el desarrollo de la teología bíblica. Si no fuera por Hebreos, no tendríamos forma de entender ese encuentro extraño entre Abrám y Melquisidec narrado en Génesis 14. Si no fuera por Hebreos, no tendríamos una idea clara acerca del significado del Tabernáculo ni acerca de la función de los sacrificios veterotestamentarios.

Otros se aproximan al libro de Hebreos como un tratado teológico acerca de la superioridad y la supremacía de Cristo. Para estos expositores, la totalidad del libro se puede resumir en una sola palabra clave – mejor. El libro de Hebreos es en realidad una secuencia de proposiciones acerca de la superioridad de Jesucristo. Cristo es mejor que los ángeles, mejor que Moisés y mejor que los sacerdotes levíticos. Cristo inaugura un mejor pacto y nos provee un mejor sacrificio. Esta caracterización ciertamente es una visión precisa del contenido del libro; sin embargo, en nuestros días corremos el riesgo de mal interpretar el significado bíblico y teológico de “mejor”.  Vivimos en una cultura en la que impera un culto a todo lo mejor. Ponemos detrás del nombre de nuestros productos un número con decimal para indicar que han mejorado. Tenemos el iPhone 6.2, el Galaxy 3.1 y nos olvidemos de nuestros programas de computadora – creo que en Windows ya vamos en una versión más de 10. Y queremos todo porque es mejor – más bien, lo necesitamos porque es mejor. Nos esforzamos por conseguir estos nuevos productos simplemente porque son mejores. Así que, ¿es el libro de Hebreos una manifestación teológica de este culto a lo mejor? No creo yo.

La aproximación al libro de Hebreos que adoptaré en este mensaje reconoce su profundidad teológica sin dejar de un lado el propósito de la teología presentada. Hay mucho que no sabemos acerca del libro de Hebreos. No sabemos, por ejemplo, quien es el autor del libro. Algunos han asegurado que el autor del libro es el Apóstol Pablo. Cuando se les confronta con las inmensas diferencias estilísticas y literarias entre la epístola a los Hebreos y las otras epístolas paulinas, dicen que la epístola probablemente se escribió primero en hebreo por Pablo y que luego fue traducido al griego por Lucas. Otros aseguran otras fuentes. Lutero, por ejemplo, pensó que Apolos bien pudiera haber sido el autor de Hebreos. Creo que la hipótesis más acertada es la de Orígenes quien dijo “sólo Dios sabe quien es el autor de la Epístola a los Hebreos.” Tampoco hay un acuerdo acerca de la fecha de la epístola. La mayor parte de los comentaristas piensan que se escribió alrededor del año 60 dC. ¿A quién se escribió? Aunque la identidad judía de los receptores no está en duda, no se ha podido descartar que hubo también cristianos gentiles a quienes fue dirigida la epístola. Pero hay ciertos detalles que conocemos acerca de la epístola sin lugar a duda. Sabemos, por ejemplo, que su propósito principal es de constituir una “palabra de exhortación” para los hermanos y hermanas (Hebreos 13:22). Sabemos también que entretejido entre sus enseñanzas teológicas encontramos una serie de admoniciones explícitas – no descuidar una salvación tan grande, entrar al reposo de Dios, proseguir a la madurez, esperar en las promesas de Dios, etc. El entretejido que encontramos, además, hace que la epístola tenga el carácter no sólo de un tratado de teología bíblica sino también de un manual de discipulado cristiano.

En su interpretación como un manual de discipulado cristiano, encontramos una transformación radical del tema teológico de lo mejor en la Epístola a los Hebreos. La presentación de Cristo como mejor, como superior, como supremo no es una táctica de consumo para persuadir a sus lectores a abandonar lo viejo y adoptar lo nuevo. El argumento que hace el autor con respecto a un mejor sacerdocio, un mejor sacrificio y un mejor pacto no es un argumento a favor de la Biblia 2.0 – una Biblia mejor, con mejores funciones y mejores seguidores. ¡No! La superioridad de que habla el autor de Hebreos es el cumplimiento. El autor de Hebreos hace el argumento de que Dios hace promesas y fielmente las cumple. Este mismo argumento teológico también cobra significado para el discipulado. El discipulado es un proceso progresivo en que Dios cumple sus promesas y sus propósitos en nuestras vidas. Es por eso que nosotros, como Lucy, percibimos a un Cristo mejor, superior y supremo en la medida que Dios nos da crecimiento en El. Dios cumple sus propósitos para nosotros a través del discipulado. Y es este cumplimiento que el autor de Hebreos quiere comunicar a sus lectores.

Versículos 1 y 2

Crecer en el discipulado es madurar en nuestro entendimiento, conocimiento e intimidad con el Señor Jesucristo. El autor de los Hebreos, por lo tanto, comienza su epístola indicándonos quién es Jesús y lo que ha hecho. En otras palabras, el autor comienza con una identificación y explicación de los tres oficios de Jesucristo: Profeta, Sacerdote y Rey. Al crecer en el discipulado logramos un entendimiento más profundo de cada uno de estos tres oficios. Nos sometemos con mayor intensidad al señorío del Rey Jesús. Nos aferramos con más fuerza a la intercesión que nos ofrece Cristo, nuestro sumo sacerdote según el orden de Melquisidec. Y escuchamos con mayor atención la voz de nuestro profeta supremo Jesús. En las siguientes semanas, exploraré más a fondo cada uno de estos oficios y su descripción en los primeros versículos de Hebreos. Hoy me enfocaré exclusivamente en el oficio de profeta y me detendré en los versículos 1 y 2. Primero, consideraré el hecho incontrovertible que permea todo el texto – o sea, que Dios ha hablado. Segundo, postularé que el habla de Dios siempre es personal – Dios nos habla a nosotros. Y finalmente exploraré el medio por el cual Dios nos habla – o sea, en su Hijo.

Dios habla

Muchos comentaristas han interpretado los primeros dos versículos de Hebreos como una muestra contundente y decisivo de una separación absoluta entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. “Trazar bien la Palabra de Verdad” es lo que hace en estos versículos el autor de Hebreos. Sin embargo, mi interpretación del texto no se enfoca tanto en la división entre el versículo 1 y el versículo 2 sino que enfatiza el bello paralelo que encontramos entre los dos versículos. ¡Dios habla! Habló en el pasado, habla en el presente y hablará en el futuro. ¡Dios ha hablado!

Pero no hay que negar que existe un contraste en los dos versículos.  Se contrasta, por ejemplo, “en otro tiempo” con “en estos postreros días”, “a los padres” con “a nosotros” y “por los profetas” con “por el Hijo.” ¿Qué significan estos contrastes? El comentarista F.F. Bruce explica el contraste así:
           
La revelación divina es progresiva – pero la progresión no es de menos verdadero a más verdadero, de menos valioso a más valioso, de menos maduro a más maduro. La progresión es de promesa a cumplimiento.

Jesús mismo dijo esto en Mateo 5:17: “no penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir.” Esto quiere decir que la Palabra de Dios es y siempre ha sido la Palabra de Dios. No existe ninguna porción de la Biblia que no se aplica a nosotros. No hay promesa alguna en las Escrituras que está reservado para otro grupo. Al contrario, la totalidad de la Palabra de Dios es una unidad singular y completa que testifica 100% a la persona y a la obra de Jesucristo.

En la medida que crecemos en Cristo y en la medida que profundizamos en nuestra sumisión a El, podemos verlo más claramente en todas las Escrituras y también en nuestras vidas. Yo diría, además, que la obra de Dios en nosotros, como discípulos suyos, es también una obra progresiva. Dios obra continuamente en nuestras vidas y fielmente desenvuelve sus propósitos en nuestras vidas según su propia voluntad y su propio diseño. Muchos hermanos y hermanas que están con nosotros provienen de trasfondos y experiencias diversas. Algunos han llegado a las doctrinas de la gracia a través del fundamentalismo, otros a partir del pentecostalismo y aun otros desde el catolicismo. Propongo que la naturaleza progresiva de la revelación de Dios, su continuo y fiel desenvolvimiento de su plan perfecto de la redención es una lente por medio del cual podemos percibir nuestro propio crecimiento como discípulos de Cristo. No hay necesidad de cuestionarse acerca de su doctrina, no hay necesidad de mirar con rencor a su pasado religioso y no hay razón por luchar constantemente para demostrar que ya no es fundamental, pentecostal o lo que sea. ¡No! Puede descansar confiadamente en la obra progresiva y fiel del Dios soberano quien obró por medio del fundamentalismo, por medio del pentecostalismo o por medio del catolicismo para traerte a un conocimiento más profundo y más real de su gracia soberana. La obra progresiva de Dios siempre mueve en la dirección desde la promesa hacia al cumplimiento. Y esto es lo que Dios ha hecho en su vida, moviéndole de sus promesas al cumplimiento de las mismos – desde dondequiera que estemos – Dios siempre mueve en la dirección hacia el cumplimiento de sus promesas y de sus propósitos.

Dios nos habla a nosotros

Noten que el habla de Dios no es un mensaje oculto que tenemos que descifrar por nuestras propias fuerzas. Dios no habla en las estrellas ni tampoco habla en códigos secretos inscritos en formaciones geológicas. Dios nos habla de forma personal en un idioma que podemos comprender. El carácter personal del habla de Dios es consistente a lo largo del texto: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.” Vale la pena anotar que el autor de Hebreos no se refiere a los receptores de la Palabra de Dios en otro tiempo como personas distantes de una era olvidada. No, los receptores de esa palabra eran nuestros padres. Dios habló a los padres de forma personal, estableciendo con ellos un pacto de amistad e intimidad que se actualizó y que se ratificó en el lenguaje personal. Y de esa misma manera, Dios nos habla a nosotros, personalmente, con el fin de ofrecernos la misma amistad, el mismo amor y el mismo pacto que le ofreció a nuestros padres.

La comunicación interpersonal de Dios proviene de la Biblia. Por eso, es nuestro deber permanecer en la Palabra de Dios. Permanecemos en su Palabra no porque es lo que hacen los buenos cristianos ni tampoco porque la Biblia es “nuestro libro favorito” como dirían algunos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Nuestro deber de permanecer en la Palabra proviene del pacto unilateral de amistad que El ha hecho con nosotros y es por medio de su Palabra que Dios se comunica y crea comunión con nosotros. Al crecer en el discipulado, al llegar al “varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13), una marca fundamental de nuestro crecimiento es el amor a su Palabra. Pero ¿qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que dedicamos una hora cada día a la lectura de la Biblia? ¿Quiere decir que nos sabemos todas las minucias de la Biblia? ¿Quiere decir que nos hemos esforzado en un plan sistemático de memorización de las Escrituras? Todas estas cosas son muy buenas, pero no necesariamente quieren decir que amamos a la Palabra de Dios por encima de todo lo demás. El amar la Palabra de Dios y el crecer en discipulado a través de su Palabra quiere decir que cada vez que se aproxima a la Biblia, encuentra en ella un retrato más enfocado, más claro y mejor de nuestro Señor Jesucristo. El deseo de estudiar las Escrituras, de conocer su trasfondo y de memorizarla tienen que ser parte de una relación personal con Cristo. Dios nos habla personalmente y por eso nuestro manejo de su Palabra también tiene que ser personal.

Dios nos habla por su Hijo

En Deuteronomio 18:18 encontramos una definición de lo que es un profeta. “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.” Un profeta es aquel quien habla las palabras que Dios le ha dado. Existe un debate en el cristianismo actual acerca de si el oficio de profeta aun existe. Algunos, principalmente de las ramas carismáticas del cristianismo evangélico, contienden que aun hay profetas comisionados por Dios para llevar la palabra profética a su pueblo. Otros aseguran que el oficio de profecía ha cesado con el cierre del canon. Muchas veces, estos cristianos utilizan el texto que estamos considerando aquí para apoyar su posición. Para mí, el argumento para la cesación de la profecía no es exactamente correcta. Aun hay un profeta y su nombre es el Señor Jesucristo. Cristo es el profeta supremo que habla todas las palabras que el Padre pone en su boca. En Juan 14:24 Jesús dice: “El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.” Jesús es el profeta supremo y, de hecho, toda profecía tiene su cumplimiento en El. John Frame, en su Teología Sistemática ha dicho: “Cuando vemos a las Escrituras como el testimonio de Cristo, cada porción de la Biblia cobra nuevo significado. La Biblia es el libro de Cristo. Por eso, en un sentido Cristo es el único profeta. Determina el significado de cada profecía en la Biblia.” Herman Hoeksema, en su Dogmática Reformada, dice lo mismo de una forma más clara:

Cristo está con nosotros como nuestro Profeta Supremo, nuestro maestro, que nos instruye por medio de su Palabra y de su Espíritu. Después de ser exaltado a la diestra del Padre, dio por un tiempo a su iglesia apóstoles quienes por medio de ellos Cristo revelaría su consejo secreto y la voluntad de Dios acerca de nuestra redención. Después, cuando su revelación había sido completada, asumió el oficio del Profeta Supremo de y en la iglesia por medio de su Espíritu, por medio de la Palabra predicada según las Sagradas Escrituras. No hay instrucción, no hay predicación, no hay exhortación ni hay consolación aparte de El, nuestro único y supremo profeta. Y aun hasta el fin del mundo, será por El y por medio de El como nuestro profeta que recibiremos conocimiento perfecto de nuestra salvación y que nos deleitaremos en Dios por siempre.


Sí, Cristo es el profeta supremo y es a través de El y su Palabra que crecemos en el discipulado. Por medio de su Palabra lo vemos más grande, más supremo y más superior. ¿Qué papel juega el predicador en el crecimiento en el discipulado? Vivimos en una era en la que la iglesia se ha reducido a un club social. Vivimos en la época en que los diezmos y las ofrendas que el Señor nos ha dado se convierten en una expectativa de servicios y atención personalizada – y si no la recibimos a nuestra satisfacción, nos parece justo y necesario retener nuestra contribución. Vivimos en la era de la iglesia mediatizada en la que podemos deleitarnos con la predicación de la Palabra sin tener que comprometernos a la edificación y el sostén de la iglesia local. ¿Cómo es que este ambiente actual ha afectado a nuestro crecimiento como discípulos de Jesucristo? Me gustaría cerrar el sermón de hoy día con una reflexión acerca de nuestra sumisión a la Palabra de Cristo, nuestro profeta supremo. Yo no creo que el predicador es un portavoz de Dios. Si cualquier predicador, incluyéndome a mi mismo, habla contrario a la Palabra de Cristo, debemos como Pablo declararlos anatema. Sin embargo, en la medida que el predicador sí está predicando la Palabra de Cristo, tenemos la obligación de someternos. Cuando no nos sometemos a la enseñanza bíblica y Cristo-céntrica, en realidad estamos desobedeciendo a Cristo. Lo más triste es que la cultura de consumo en que vivimos y que ha infiltrado a la iglesia sin freno alguno, da licencia a esto tipo de obediencia.  ¿Cuántos hermanos han desobedecido a Cristo al salirse de iglesias que predican la verdad del evangelio? Les recuerdo de las palabras de Hoeksema: “no hay instrucción, no hay predicación de la Palabra, no hay exhortación ni hay consolación aparte de Cristo.” Pero, si la instrucción, la predicación, la exhortación y la consolación es de Cristo ¿cómo lo hemos de rechazar?

domingo, 10 de enero de 2016

¿Cuál es el destino de los no evangelizados? Una cuestión vital para la vida cristiana misional

¿Cuál es el destino de aquellos que mueren sin haber escuchado el evangelio? ¿Irán al infierno todos los que nacieron en culturas y regiones donde el evangelio no se ha proclamado? ¿Hay alguna oportunidad de salvación para aquellos que no han escuchado siquiera el nombre de Jesucristo?
Estas preguntas suscitan uno de los dilemas más provocativos y perennes enfrentadas por los cristianos. Es un dilema que se ha debatido entre filósofos y que se ha discutido entre la gente común. Es un tema que le interesa tanto al cristiano como al ateo. En las sociedades en que el cristianismo ha ejercido gran influencia, es un lugar común escuchar preguntas acerca del destino de los que mueren sin haber oído el evangelio. En mi experiencia, es la pregunta apologética de mayor interés entre los jóvenes universitarios.
Durante mi primer año en una universidad estatal, mis amigos y yo practicábamos el evangelismo personal con regularidad. En una de esas ocasiones, un joven incrédulo me preguntó capciosamente: Si Jesús es el único camino a la salvación ¿qué de todos aquellos que nunca han oído de él? En ese momento tenía poca experiencia como cristiano y, en verdad, no le tenía una buena respuesta. De todas maneras, le dije que era una muy buena pregunta y después le pregunté a mi pastor. El me refirió a algunos pasajes de las Escrituras y me advirtió que no tenía una opinión firme sobre el asunto. En los años que han pasado desde ese encuentro hasta la fecha se me ha hecho esa misma pregunta centenares de veces.

La Importancia del Asunto
¿Por qué es tan importante esta pregunta? Bueno, hay al menos tres razones que explican su importancia. Tal vez la razón más obvia es que la pregunta es una variante del antiguo y perenne problema del mal. Este dilema filosófico ha ocupado algunos de los mejores y más brillantes pensadores cristianos. El problema del mal comúnmente reza así: Si Dios es bondadoso, omnisciente y todopoderoso ¿por qué existe la maldad en el mundo? Su omnisciencia presupone su conocimiento de cómo erradicar la maldad del mundo. Su poder presupone que tiene la habilidad de erradicar la maldad del mundo. Su bondad presupone que desea erradicar la maldad. Entonces, si hay un Dios bueno, omnisciente y todopoderoso ¿por qué hay maldad en el mundo?
Una vertiente del problema del mal involucra el destino de los no evangelizados. A esta vertiente se le ha llamado el problema soteriológico del mal puesto que se enfoca en la doctrina de la salvación. Se pregunta: Si Jesús es el único Salvador y nadie se salva si no es por él, ¿cómo se puede decir que Dios es bueno si condena a aquellos que nunca han escuchado acerca de Jesús?
El gran teólogo del siglo IV, Agustín de Hipona1, consideró esta misma pregunta. Su consideración fue en respuesta al filósofo secular Porfirio quien preguntó:
Si Cristo se declara el único camino a la salvación, a la gracia y a la verdad, y si afirma que sólo en él hay un camino hacia a Dios ¿qué de aquellos que vivieron siglos antes de que Jesús apareciera? … ¿Qué le ha sucedido a incontables almas, que nada de culpa tenían puesto que el que vendría a ser el único camino a la salvación aún no se había revelado como tal?2
La pregunta de Porfirio es relevante no solamente a aquellos que vivieron antes de la venida de Jesucristo sino también a los que han muerto sin haber escuchado el evangelio.
Y esto nos lleva a la segunda razón por la importancia de este asunto. Una gran proporción de la raza humana ha muerto sin haber escuchado las buenas noticias del evangelio. Se estima que cien años después de la muerte de Cristo había una población de unos 181 millones de personas.3 De ellos sólo un millón eran cristianos. También se estima que habían alrededor de 60,000 sociedades en las que el evangelio no había penetrado en ese momento. Se estima que en el año 1000 dC había una población de algunos 270 millones de habitantes. 50 millones de ellos eran cristianos. Se cree que habían alrededor de 50,000 sociedades en que el evangelio no había penetrado. En el año 1989 dC habían 5.2 miles de millones de habitantes en la tierra. Sólo 1.7 mil millones eran cristianos. Es más, aún quedaban unos 12,000 sociedades en el mundo en que el evangelio no había penetrado. También podemos pensar en todas esas personas que vivieron antes de la venida de Cristo y que nunca escucharon acerca de la nación de Israel y el pacto de Dios con ellos. No hay forma de saber exactamente cuantas personas han muerto sin haber escuchado de Israel o de la Iglesia, pero creo que me justifico en decir que la gran mayoría de personas que han existido han muerto sin haber oído el evangelio.
Puesto que los números son tan altos, la preocupación por el destino de los no evangelizados es de interés inmensa. ¿Qué podemos decir acerca de los miles de millones de almas que han vivido y muerto sin conocimiento alguno de la gracia divina manifestada en Jesús?
Una tercera razón por la importancia de esta pregunta es que muchos de nosotros, en estos tiempos de globalización, tenemos contacto con personas de otras culturas y religiones. Estos conocidos nos pueden llegar a preguntar acerca del destino de las almas de sus antepasados que no supieron de Jesús. Esto me sucedió a mí de una forma muy impactante. Nuestra hija adoptiva, que es de la India, nos preguntó consternadamente acerca de la salvación de sus padres naturales. ¿Había esperanza para ellos? Y ¿qué si no hubiera quien les predicara el Evangelio? Tales discusiones se han vuelto más comunes en el nuevo milenio debido a la creciente cercanía (presencial y virtual) de los habitantes del planeta.

Dos Creencias Cruciales
Con el contacto creciente entre grupos de personas, obtenemos mayor conocimiento acerca de otras religiones. Hay cierto estrés que viene junto con ese nuevo conocimiento. El nuevo conocimiento de una multiplicidad de religiones ha resultado en lo que Gabriel Fackre ha denominado una “insuficiencia cardiaca cristológica.” Algunos autores contemporáneos como John Hick creen que para adaptarse a las sensibilidades globalizadas de la actualidad, debemos renunciar nuestras ideas acerca de la exclusividad de Jesucristo.4 Jesús es uno entre muchos salvadores. Decir que Jesús es el único Salvador, afirman ellos, representa la cúspide de la arrogancia y de la intolerancia. El cristianismo se vuelve una simple faceta del eurocentrismo imperante en el mundo.
Los autores que hacen estas afirmaciones consideran que los autores de este libro son intolerantes y eurocéntricos. Los tres autores de este libro nos comprometemos con el evangelio en su forma escritural y nos rehusamos a sacrificar a la realidad de Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado en el altar del pluralismo moderno. Al contrario, cada uno de nosotros afirmamos la finalidad y particularidad de Cristo. Por finalidad queremos decir que Jesús es la revelación plena y autoritativa del carácter y de la voluntad de Dios. No hay ninguna revelación que le sobrepasa. Por particularidad queremos decir que Jesús es el individuo único y particular a quien Dios ha designado como nuestro Salvador. La salvación viene única y exclusivamente de las acciones históricas de Dios en la vida, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús. 
Suelen citarse varios textos bíblicos para apoyar esta conclusión. En el libro de Hebreos, por ejemplo, leemos que Jesús no es un profeta sino el mismo Hijo de Dios que nos revela precisamente lo que quiere decir ser Dios (Hebreos 1:1-3). En el Evangelio de Juan, Jesús dice que quien lo vea a él también ve al Padre (Juan 14:9). Jesús, pues, es presentado en las Escrituras como el que revela verdadera y plenamente a Dios. Además, en la Biblia encontramos la afirmación que Jesús es el Salvador particular del mundo. No es por medio del Buda o de Mahoma u otra figura que Dios ha obrado decisivamente para salvar a la humanidad, sino que es por medio de Jesús de Nazaret. El libro de los Hechos proclama que no hay otro nombre aparte de Jesús bajo el cual el hombre se salva (Hechos 4:12) y Jesús mismo dice que nadie viene al Padre si no es por él (Juan 14:6). A la luz de tales versículos, los cristianos afirman la singularidad de la revelación y la redención que se encuentra en Jesús.
Otra creencia crucial tiene que ver con la extensión de la salvación. La Biblia claramente revela que Dios tiene el conocimiento y el poder para ofrecer la salvación a los pecadores. Además, la Biblia afirma que Dios es bueno – es bueno más allá de lo que nos podemos imaginar. Y este Dios bueno quiere salvar a pecadores. Hay innumerables textos bíblicos que revelan el deseo de Dios para salvar al pecador.
Pablo dice “murió por todos” (2 Corintios 5:15) y sostiene que el hecho redentor efectuado por Jesús resultó en la justificación de todos los hombres (Romanos 5:18). Para Pablo, Jesús es el punto focal de la gracia de Dios, lo cual lo hace “Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10; Tito 2:11). Primera de Juan 2:2 declara que Jesús es “la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.”
En el Nuevo Testamento a menudo encontramos referencias al deseo de Dios de salvar a pecadores. La segunda epístola de Pedro dice que Dios no quiere que ninguno perezca sino que todos vengan al arrepentimiento (3:9). Pablo dice lo mismo cuando escribe que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Jesús mismo expresa esta idea al decir que su obra de expiación atraería a todos a él (Juan 12:32). Juan escribe que de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para nuestra redención (Juan 3:16).
Estos textos hablan de la motivación de Dios de salvar a pecadores. Al colocar estos versículos junto a otros versículos que sostienen la salvación exclusiva por medio de Jesús, sin embargo, surgen ciertas preguntas. ¿Quiere Dios que todos se salven o solamente los que tienen fe en Cristo? ¿Es la expiación de Jesús solamente para cristianos o es también para aquellos que no se han convertido? Es un viejo debate y los lectores anotarán que los autores de este libro interpretan pasajes claves de las Escrituras de diferentes maneras.
Nash sostiene la posición que se conoce como la expiación limitada en que Jesús murió por un grupo definido de personas, o sea, los elegidos. La frase “todos los hombres” en los textos mencionados se entiende como toda la humanidad (sin distinción de raza, género, educación, idioma, etc.) y no como todo y cada hombre. Los pasajes que hablan del deseo de Dios de salvar a todos los que se arrepienten o que Dios amó al mundo, además, se interpretan como el deseo y el amor de Dios para con sus elegidos, no para con los hombres en general. Fackre y Sanders, por otro lado, afirman lo que se conoce como la expiación indefinida (o ilimitada) en que Jesús murió por cada individuo, cristiano o no cristiano. Interpretan pasajes que hablan del “mundo” y de “todos los hombres” como evidencia de que Dios quiere que todo individuo sea beneficiario de la obra de Cristo. Nuestras distintas interpretaciones de estos textos bíblicos nos conducen a diferentes perspectivas sobre el destino de los no evangelizados.

Las Perspectivas
Las creencias centrales que acabo de exponer – el deseo de Dios de salvar y la exclusividad de Jesús como Salvador (lo universal y lo particular) – constituyen el meollo del dilema acerca de los no evangelizados. Ciertamente tanto los grandes temas como los textos específicos de la Biblia iluminan el debate. Aunque la Biblia no trata el tema de forma sistemática, sí provee información crucial para llegar a una posición definida. Las tres perspectivas discutidas en este libro revelan distintas interpretaciones de las Escrituras.
      Ronald Nash sostiene la perspectiva del restrictivismo. De acuerdo a esta posición, Dios ofrece salvación únicamente a través de Jesús y es necesario conocer la obra de Cristo y tener fe en él antes de morir para alcanzar la salvación. Dios ha apuntado a Jesús como el único medio de salvación. No hay otro camino a la salvación aparte del oír que viene por predicación del evangelio.
Notamos que a Nash le parece que los términos exclusivismo y restricitivismo son sinónimos. Esto es legítimo para nuestros propósitos en este libro siempre y cuando estemos alertados al hecho de que algunos ven estos términos como diferentes. En la literatura del pluralismo religioso, el exclusivismo designa la perspectiva de que el cristianismo ofrece la única opción para la salvación; todas las otras religiones son estériles en cuanto a la salvación divina y Dios no utiliza ninguna otra religión. Aunque el exlcusivismo afirma la exclusividad y finalidad de Jesús, no necesariamente implica el restrictivismo ya que algunos exclusivistas son universalistas y otros sostienen que hay oportunidad para salvación después de la muerte.5 Tanto Karl Barth como Carl F.H. Henry son exclusivistas en cuanto a la relación entre el cristianismo y otras religiones, pero en cuanto a sus visiones acerca del destino de los no evangelizados están diametralmente opuestas. Henry es restrictivista mientras Barth cree en una salvación universal.6
John Sanders adopta la posición conocida como inclusivismo. Esta perspectiva sostiene que Dios salva al hombre por medio de la obra de Cristo pero el hombre no tiene que conocer a Cristo para gozar del beneficio de la salvación. Dios otorga salvación si hay fe en él según la revelación de la creación y la providencia.
Gabriel Fackre sostiene la posición que se llama divina perseverancia (también conocida como evangelización después de la muerte). Según esta postura, los que mueren sin haber sido evangelizado reciben una oportunidad de salvación después de la muerte. Dios no condena a nadie sin saber primero cual es su respuesta ante la buena noticia de Cristo.
Las tres perspectivas comparten puntos interesantes de convergencia y divergencia. Como ya hemos notado, todos afirman la finalidad y particularidad de la salvación en Jesucristo. El restrictivismo y el inclusivismo, a diferencia de la divina perseverancia, proponen que nuestros destinos están sellados en la muerte y que no existe oportunidad de salvación después de la muerte. El restrictivismo y la divina perseverancia, a diferencia del inclusivismo, sostienen que el conocimiento del evangelio es una condición necesaria para la salvación. El desacuerdo se encuentra en su visión del momento en que se presenta el mensaje. El inclusivismo difiere de las otras dos perspectivas en su visión de que Dios ofrece salvación aún cuando el evangelio no haya sido predicado. El inclusivismo y la divina perseverancia afirman que Dios hace que la salvación que viene por medio de Jesucristo sea disponible a todos los hombres que jamás hayan escuchado el evangelio, pero el restrictivismo sostiene que la salvación es únicamente para los elegidos.
Tenemos que hacer mención de que existen otras perspectivas acerca del destino de los no evangelizados que no se tratan de forma detallada en este libro. Se pueden resumir como sigue:
o   Algunos abogan por un agnosticismo completo. Sostienen que no existe suficiente información bíblica para contestar la pregunta.
o   Otros, como Santo Tomás de Aquino y Norman Geisler, creen que Dios enviará su evangelio a todos aquellos que responden positivamente a la revelación general. En otras palabras, Dios envía más luz a aquellos que responden a luz que se le es dada.
o   Algunos abogan por la posición del “conocimiento intermedio” que sostiene que Dios salva a aquellos que habrían creído si hubieran escuchado el evangelio. Como Dios sabe la respuesta de cada corazón a las buenas nuevas, Dios puede salvar según este conocimiento.
o   Algunos teólogos católicos romanos proponen una versión de la evangelización después de la muerte que denominan la teoría de la opción final. Creen que cada individuo, a la hora de morir, tiene un encuentro personal con Jesucristo y en ese encuentro todos tienen la opción de creer.
o   Teólogos como John R.W. Stott tienen optimismo que Dios salvará a la gran mayoría de la raza humana aunque reconocen que no saben cómo exactamente lo logrará. O sea, rehúsan abogar por un método de salvación en particular pero afirman que la salvación final será para la mayor parte de los hombres.
o   J.I. Packer parece ser más pesimista al respecto. Propone que Dios puede ofrecer salvación a una porción de los no evangelizados pero no sabemos cuántos ni cómo.
o   Otros proponen un universalismo completo en que absolutamente todos serán salvos por medio de Jesucristo. Los universalistas tales como Orígenes creen que Jesús eventualmente llevará a todos los pecadores a reconciliarse con el Padre.
o   Finalmente, existen los pluralistas unitivos. Estos van más allá del universalismo clásico y rechazan la exclusividad de la obra salvadora de Jesucristo. Mientras que los universalistas tradicionales dicen que todos los hombres serán salvos por medio de Jesús, los pluralistas unitivos dicen que esto implica que la mayoría de las religiones del mundo son incapaces de brindar salvación a sus propios adherentes aparte de Jesucristo. Los pluralistas unitivos como John Hick y Paul Knitter creen que la mayoría de las religiones del mundo son caminos válidos para la salvación. Afirman, además, que defender a Jesucristo como el único Salvador es una intolerancia y una ofensa a las demás religiones del mundo.7

Puntos de Concordancia
Al señalar estas diferencias, no obstante, no debemos ignorar el hecho de que hay gran concordancia entre los cristianos acerca de algunos puntos claves en este asunto. Todas las posiciones mencionadas anteriormente, con la excepción del pluralismo unitivo, se caracterizan por ciertas características comunes.
            Todos afirman la finalidad y particularidad de Jesús para la revelación y la salvación. A lo largo de la historia de la iglesia ha existido consenso en este punto: Jesús es el único Salvador del mundo y es la revelación máxima de Dios.
            El uso de las Escrituras como la fuente exclusiva de la revelación. Cada una de las perspectivas, salvo la del pluralismo unitivo, busca apoyo en las Escrituras para demostrar que es la perspectiva que mejor refleja la enseñanza del testimonio bíblico.
            Precedente Histórico. Ninguna de las perspectivas mencionadas es novedosa en la historia de la iglesia. Los proponentes de cada perspectiva pueden generar listas impresionantes de adherentes dentro de la historia eclesiástica. Esto es importante por dos razones. Primero, porque corrige la amnesia histórica que suele surgir cuando descartamos la perspectiva de otro por ser muy novedosa o pasada de moda. Algunos cristianos no conocen ninguna de las perspectivas, así que es posible que una perspectiva en particular les parezca novedosa. En segundo lugar, demuestra que los cristianos nunca han logrado consenso en este importante pero difícil tema. Desde la Patrística hasta la fecha, los cristianos no han llegado a un acuerdo acerca del destino de aquellos que mueren sin haber oído el Evangelio de Jesucristo.8
            En la iglesia no existe un consenso sobre el destino de los niños que mueren ni tampoco hay acuerdo en cuanto al destino de los que tienen discapacidades mentales. Mucho menos existe unidad de pensamiento en cuanto al destino de los no evangelizados.

¿Por qué el Desacuerdo?
Se puede preguntar justificadamente ¿Por qué no hay consenso en este tema? ¿Acaso no hay claridad de pensamiento en las Escrituras al respecto? Estas son buenas preguntas y vale la pena considerar varias respuestas en su orden respectivo.
            En primer lugar, tenemos que recordar que hay una serie de temas en que la iglesia no ha llegado a un acuerdo. El bautismo, la Santa Cena y la escatología son tres ejemplos ilustres. Sin embargo, a pesar de nuestra falta de consenso en estos puntos, concordamos en un gran número de puntos de vista importantísimos. Lo mismo ocurre en el debate acerca del destino de los no evangelizados. Todos los cristianos ortodoxos están de acuerdo en que Dios desea salvar a pecadores, que Jesús es Dios encarnado cuyo ministerio hizo posible la redención, que los humanos son pecaminosos, que el evangelio es poderoso para salvar y que la Biblia es la autoridad final para la fe y la práctica. Estos son puntos de consenso importantes. En la ausencia de un consenso sobre estos puntos, la discusión sería muy diferente.
            Una de las razones principales por la que no siempre llegamos a un acuerdo es que somos criaturas finitas. Tenemos un conocimiento y un entendimiento limitado. Nadie sabe todo pero nadie es totalmente ignorante tampoco. Esto quiere decir que nuestro entendimiento aun del texto bíblico es parcial. Aunque la Biblia es autoritativa e infalible, nuestra interpretación siempre será imperfecta.
            Otro factor importante es que todos somos pecadores y el pecado afecta nuestro razonamiento. Es posible que al interpretar las Escrituras hemos sido influenciados por nuestros deseos pecaminosos. El orgullo, por ejemplo, puede impedir que aceptemos el argumento de un hermano. Sin embargo, no obstante nuestro pecado y nuestras limitaciones humanas, el Espíritu Santo continua obrando en nosotros para entender el mensaje de la Biblia y aplicarlo a los asuntos apremiantes de nuestros tiempos. Nos necesitamos el uno al otro, aún a nuestros opositores, en nuestro afán de conocer la verdad de Dios.
            Aunque cada uno de los autores afirma la autoridad de las Escrituras, cada uno se aproxima a la Biblia desde una tradición hermenéutica particular. Traemos a la interpretación nuestro trasfondo, nuestros intereses y nuestros valores. Esto se ve en los textos que citamos y en la forma en que armamos nuestros argumentos. Los tres autores han desarrollado distintos modelos para explicar el destino de los no evangelizados en base a nuestra propia interpretación de la Biblia. Esto no tiene nada de malo. Simplemente admitimos que somos criaturas ubicados en culturas y tradiciones particulares que guían nuestro pensamiento y nuestras evaluaciones.
Cada uno de nosotros, por ejemplo, pertenecemos a una denominación evangélica particular. Es interesante, sin embargo, que nuestra afiliación denominacional no determina nuestra postura con respecto al destino de los no evangelizados. Dentro de la tradición Bautista, por ejemplo, hay representantes de las tres posiciones. Lo mismo se puede decir de los metodistas, los presbiterianos, los luteranos y muchas otras denominaciones.
Además, muchas de las categorías teológicas que dividen a los cristianos son prácticamente irrelevantes en cuanto a este asunto. El ser calvinista, arminiano, dispensacional, adherente de la teología del pacto, carismático, o lo que fuera puede teñir mi opinión pero no determinará el modelo que escojo en última instancia.9 Algunos calvinistas, por ejemplo, afirman el restrictivismo mientras que otros optan por el inclusivismo y otros eligen el modelo de la perseverancia divina.
Lo que sí es importante en el modelo que uno escoge es su visión particular de la naturaleza de Dios (y particularmente la relación entre la ley divina y la justicia), la naturaleza de la iglesia, la importancia de la muerte física, el valor de la revelación de Dios en la creación, la naturaleza de la fe salvadora, los medios de la gracia, y el método más adecuado para hacer la teología. Nuestras posturas con respecto a estos asuntos afectará decisivamente la respuesta que damos a la pregunta: ¿Y qué de los que no han oído?
En otras palabras, no podemos debatir este tema sin suscitar preguntas relacionadas con otras doctrinas importantes. El tema del libro inevitablemente roza con otras áreas de la teología como la naturaleza de Dios, el papel del Espíritu Santo, la iglesia, la salvación, las misiones y la escatología.
Claramente existen múltiples perspectivas con respecto a este tema dentro de la iglesia. Los tres autores de este libro ilustran esa diversidad. Discordamos en nuestra opinión sobre el destino de los no evangelizados en parte porque tenemos distintas perspectivas sobre otros asuntos teológicos. Como resultado de esto, desarrollamos distintos modelos para explicar el destino de los que nunca han escuchado acerca de Jesús. Los lectores que se encuentran persuadidos por alguna posición particular en este libro probablemente comparten con el autor una serie de perspectivas teológicas adicionales.
El desacuerdo que existe entre los tres autores será evidente no sólo en nuestras exposiciones individuales sino también en los capítulos de respuesta que siguen a cada intervención. Después de que cada uno de nosotros exponemos nuestra posición, hay un espacio para que los otros autores cuestionen, critiquen y aclaren puntos esenciales acerca de la intervención del expositor. Es necesario aclarar que ninguno de nosotros piensa que nuestra posición puede ser probada contundentemente. Sin embargo, cada uno sí cree que su posición es más bíblico, más teológicamente consistente y más relevante en la práctica que los otros. La veracidad de nuestras posiciones estará en las manos de los lectores para decidir.
Vale la pena hacer algunos breves comentarios sobre la producción y naturaleza de este libro. Algunos pensarán que yo (Sanders) tuve una ventaja desigual como el encargado de la edición. Este no es el caso. Junto con el personal editorial de Intervarsity Press hicimos un esfuerzo enorme para asegurar la imparcialidad de todas las intervenciones. Aseguro, por ejemplo, que mi capítulo fue completado antes de que viera los capítulos de Nash y Fackre. Así también, Nash y Fackre tuvieron la oportunidad de leer y comentar sobre este capítulo introductorio para asegurar que en él no se prefiriera ninguna posición particular.
Esperamos que nuestros esfuerzos resulten en que el lector pueda tener un mejor entendimiento de las diferentes perspectivas sobre el destino de los no evangelizados. Aunque este libro no constituye la última palabra con respecto a este asunto, nuestra oración es que este libro le sirva como un recurso útil al pueblo de Dios al abordar este importante asunto.

Proviene del libro ¿Y qué de los que no han oído? Tres perspectivas sobre el destino de los no evangelizados. Disponible ya en Librería Cristiana Doulos.